“Queridísimo Truman”. Paseo La Plaza (sala Pablo Neruda) Domingos 21.15 hs
Lo adelantamos en nuestro programa especial. Dimos la primicia que en el verano de Buenos Aires, dos obras teatrales la iban a romper, y no nos equivocamos. Dijimos en diciembre que el musical “Malevo” y “Queridísimo Truman”, serían los imperdibles, eso que no se podía dejar de agendar.👉 Escuchá el fragmento
Es que en la cartelera porteña, "Queridísimo Truman" (dirigida por Florencia Bendersky) surge como un experimento de orfebrería emocional donde Gabriel Olivieri no solo interpreta al excéntrico escritor norteamericano Truman Capote, sino que se entrega a un viaje en el que, él mismo se permite disfrutar.
Como en un juego de espejos, la obra es un vaivén constante entre el relato cronológico de Capote y la propia vida del actor de Concordia, que llegara a la gran ciudad, para soñar con la actuación.
Olivieri logra rescatar la figura controvertida de Truman Capote, con su genialidad y su veneno, mientras, en paralelo, nos va revelando aspectos de su propia vida, y de su vínculo con la literatura.
No estamos entonces ante una biografía acartonada y formal, sino ante un diálogo transatlántico y temporal, entre el brillo decadente de Nueva York y la intimidad de un actor que desnuda su propio camino desde la infancia, contando anécdotas que parecen salirse de la línea de acción fijada, sobre su familia, sus lecturas y sobre cómo se encontraría con un texto (“A sangre fría”, claro) que le cambiará la vida.
Lo que me resultó llamativo, es analizar lo casual (lo random, como dicen los pibes ahora) de esa lectura, en épocas exentas de algoritmos y redes sociales, cuando se leía lo que se podía y lo que había al alcance de la mano.
La puesta parece omitir deliberadamente, cómo es que llegó al texto emblemático de Capote a las manos del actor que ahora busca homenajearlo a modo de agradecimiento. Ese vínculo azaroso, es un acierto rotundo; ya que deja en suspenso una conexión que se construye frente a nuestros ojos a través de retazos, anécdotas excéntricas y una sinceridad que desarticula al espectador a cada momento.
Su versatilidad cimenta el ritmo de la obra sin opacar jamás el centro gravitacional de Olivieri. Por otra parte, conformando un triángulo perfecto, se suma, Cristóbal Barcesat, que desde el piano y el acordeón, aporta la arquitectura sonora necesaria para que la emoción fluya a cada momento. La música en vivo, no es un mero accesorio a los relatos, sino que acciona como un mecanismo que crece en complicidad y guiños con el público.
Tanto la particular forma de expresión de Truman, su estética, su periodos de fiestas y luego su decadencia, se reflejan en cambios de vestuarios que son actos de pura transformación entre una etapa y otra de aquello que se resuelve mostrar.
Olivieri transita constantemente y hasta el final, desde su propia piel a la del escritor, retratando desde la plenitud, las fiestas desenfrenadas de su proyecto Studio 54, y de allí, al abismo y decadencia del escritor.
Pero el giro final también sorprende. Justo cuando creemos haber descifrado el código de la obra, el cierre nos regala una vuelta de tuerca excelente, ya que no se queda en un cierre melancólico, sino que promueve una celebración a pesar del dolor, un homenaje a la literatura como refugio y una despedida que deja el sabor de las grandes noches de teatro.
“La vida es apenas esto”: muestra Olivieri con su mano tratando de atrapar el aire, “un intento de atrapar el viento con las manos”, avisa, para dejar en claro la fugacidad del tiempo y la necesidad de aprovechar cada oportunidad que se nos aparece.
"Queridísimo Truman" es, en definitiva, una invitación a entender que todos somos, en parte, los libros que alguna vez leímos y las cosas que decidimos abrazar. En sala Pablo Neruda del Paseo La Plaza, los domingos 21.15 hs. entradas por PLateanet
Informe de Adrian Maglieri @antimedio1 para Identidad Play


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