“NO ME DEJES EN BELEN” Revelaciones de un mundo que se niega a ver lo distinto. *Por Adrián Maglieri

Hay lugares que parecen construidos sobre silencios, secretos y silencios que se transmiten en el tiempo, hasta convertirse en una forma de habitar el mundo. “No me dejes en Belén se interna precisamente en esos territorios, donde los afectos sobreviven como pueden entre el abandono, los secretos y las heridas que nunca terminan de cerrar.

La muerte de Raquel obliga a su hija “Milagros” (una chica trans, antes llamada Omar, interpretada por Eug Krla) a regresar a su pueblo para acompañarla en esos últimos días. Su regreso, no sólo significa volver al espacio donde creció, sino también enfrentarse a una historia familiar atravesada por la indiferencia, el maltrato y cierta frivolidad que parece haberse naturalizado con el paso de los años. Dos hermanas de Raquel, sus tías, orbitan alrededor de la tragedia con una distancia que resulta tan dolorosa como reveladora.

En medio de ese paisaje de tensiones, emerge la relación entre Milagros y Elvira (su sobrina) el verdadero corazón de la obra. Elvira, es una adolescente con dificultades para desenvolverse dentro de las normas que el mundo impone (interpretada tremendamente por Julieta Raponi) y encuentra en Milagros una compañía capaz de comprender aquello que los demás prefieren ignorar. 

Al mismo tiempo, la joven Milagros, atravesada por sus propias transformaciones y por la complejidad de su cambio de identidad, encuentra en Elvira una mirada de ternura despojada de cualquier prejuicio. Entre ambas, se construye un refugio precario pero genuino frente a una realidad que parece empeñada en destruir los vínculos.

"El mundo no es de los comunes, es de los valientes", le dice Milagros a Elvira. La frase resuena como una declaración de principios y también como una invitación a resistir. Porque la obra habla justamente de eso: de la valentía necesaria para existir cuando todo alrededor parece señalar que uno está fuera de lugar.

El deseo de Elvira de ocupar un papel protagónico en el pesebre del pueblo funciona como una hermosa metáfora. No se trata únicamente de participar de una representación religiosa; se trata de ser vista, reconocida, ocupar un lugar en una comunidad que durante demasiado tiempo la ha relegado a los márgenes.

La puesta incorpora elementos que oscilan entre la fantasía y los recuerdos. El relato de una gata pariendo, el chumbido insistente de una perra, y burbujas o estrellas que aparecen como pequeños instantes de belleza efímera, que irrumpen como ensoñaciones, y permiten aliviar aquello que la realidad vuelve insoportable. 

Todos estos recursos (apoyados en sonidos y audiovisuales) construyen una atmósfera donde lo cotidiano convive con lo poético, y donde la crudeza, encuentra momentos de inesperada ternura.

Las actuaciones sostienen con sensibilidad un material que podría caer fácilmente en el melodrama. Sin embargo, la dirección  de Agustín Meneses, elige acertadamente otro camino: el de la profunda humanidad de sus personajes. Nadie aparece reducido a una simple etiqueta, y todos cargan contradicciones, dolores y deseos que los vuelven reconocibles.

“No me dejes en Belén”, es una obra sobre las transformaciones, las ausencias y los vínculos que sobreviven incluso cuando todo parece derrumbarse. 

También es una invitación a mirar a quienes suelen quedar fuera de escena, allí donde otros observan defectos, la obra encuentra la posibilidad de construir algo de afecto. En tiempos donde la indiferencia parece ganar terreno, esa elección, resulta profundamente conmovedora.

“No me dejes en Belén”, en Espacio callejón, los sábados a las 17 hs, con entradas en Alternativa Teatral.

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